Adicciones

Adicciones: una enfermedad de época

Adictos a Internet, al trabajo, al sexo, al tabaco, al alcohol, a las drogas, al juego, a los psicofármacos. Los casos se multiplican. Según los expertos, las adicciones se nutren de una sociedad que idolatriza el consumo y la inmediatez, mientras empobrece los vínculos y ofrece atajos para silenciar las necesidades emocionales. Los riegos de una cultura que alimenta espejismos y caminos fáciles.
Vivimos una época difícil, contradictoria. Una época que nos llena de cosas mientras, en diversas áreas, nos vacía. Una época que nos presiona con niveles altos de exitismo y rendimiento mientras propone, de múltiples maneras, aliviar los conflictos o tensiones personales a través de la adquisición de diferentes «cosas». Una época de ineludibles urgencias, de redes y vínculos cada vez más frágiles, de creciente soledad. Es ese marco –complejo, controvertido– el que alimenta un problema que crece en todas las edades, y en todo el mundo: las adicciones.Hay adictos al juego, a la comida, al cigarrillo, a las drogas, al sexo, a Internet, a los psicofármacos, al trabajo, a los videojuegos, a las cirugías, a las relaciones que nos dañan. Las sociedad de consumo, todo el tiempo, nos llena de objetos, servicios y actividades, impulsando hábitos y conductas que arrastran a mucha gente a diferentes adicciones. Los especialistas hablan de «espejismos» y explican que cada una de esas variantes (que bien podríamos llamar «síntomas») son atajos que nos regalan la «ilusión» de poder desatender las señales del campo emocional, tapando carencias y vacíos que nos pesan.«Lo que define a una adicción es el modo de relación que se establece con una sustancia, objeto, actividad o persona», explica Marcela Panisello, especialista en adicciones, Coordinadora Terapéutica de la Fundación Manantiales. «Se considera adicto al que no puede resistir la necesidad constante de llevar a cabo cierto acto (consumir una sustancia, estar con una persona, poseer un objeto) y se siente impulsado a satisfacerla de inmediato, cerrando los ojos a las consecuencias de su adicción. El uso adictivo se instaura cuando la voluntad de la persona deja de dominar los actos del individuo. La adicción es el síntoma de una enfermedad».Por eso los expertos hablan de cierto efecto anestésico: nos permiten desestimar nuestras necesidades y distraernos de ciertos dolores o frustraciones que nos golpean cada tanto. Pero claro: esa «anestesia» en algún momento pierde su efecto, y uno necesita más y más de eso mismo para escapar. Y el vínculo se vuelve adictivo.«Con el mecanismo de la adicción la persona se distancia del conflicto, logra un breve ‘descanso’ (se evade), y así experimenta una sensación de plenitud o bienestar –explica Panisello–. Cuando se traspasa la frontera, cuando la experiencia placentera se transforma en compulsiva y aparece la necesidad de repetirla una y otra vez como único medio de soportar la vida diaria, surge la adicción».Las causas de las adicciones son múltiples y, por lo general, complejas y articuladas. Hay factores personales –determinadas características de personalidad–, ambientales (inmediatos, como el contexto familiar, y mediatos, como los factores relacionados con el entorno), sociales y culturales. Todos influyen para que se desencadene una adicción.UNA SOCIEDAD QUE PATEA EN CONTRACarlos Souza, especialista en adicciones de la Fundación Aylén, subraya que «la adicción se instala allí donde el sujeto tiene una falta, una carencia ligada a lo afectivo y a ciertos rasgos de su propia personalidad. Debemos trascender el síntoma en busca de sus causas».Souza sostiene que las adicciones son, también, producto de nuestra cultura. «El empobrecimiento en la calidad de los vínculos, la retracción en la participación en espacios comunes y la satisfacción inmediata del impulso son la marca de estos tiempos. Y las adicciones se alimentan de la ausencia de creencias, del escepticismo, del aislamiento social y de la falta de proyectos vitales. A la vez, la fragmentación y el aislamiento social, en un contexto con enormes dificultades en lo vinculado a la educación, la salud y la inserción laboral de los jóvenes, mutiplican el riesgo de adicciones en personas que esperan, ilusoriamente, desconectarse del mundo para no sentir su realidad interna (psíquica) y/o externa (social)».LA FAMILIA Y EL LÍMITE QUE PREVIENEPanisello también encuentra factores que alimentan las adicciones en los cambios familiares. «Encontramos, en algunos padres, una confusión entre amor y libertad, padres excesivamente permisivos que confunden amor con dejar al hijo hacer lo que quiera, sin ningún tipo de límites, sin darse cuenta que los límites de acuerdo a la edad y necesidades de los hijos sirven para protegerlos. Algunos padres quieren educar a sus hijos sin frustraciones, haciendo que todo lo que vivan sea placer. Un joven así no podrá enfrentarse a la vida, a la realidad ya que en esta siempre habrá frustraciones y optará por evadirse. El trabajo a diario con jóvenes que sufren patologías adictivas como la drogadicción nos muestra la dificultad de los padres para establecer límites a conductas inapropiadas previas a la adicción, cierto fracaso –no en el rol nutritivo– sino en el normativo (no en el dar amor sino en expresarlo a través del cuidado que implican los límites). Los adictos por regla general, no son personas que tienen carencias afectivas sino más bien carencias de limites, es decir en la incorporación de la norma».La mayoría de las personas soporta con desigual equilibrio los problemas cotidianos. «El problema del adicto es que adopta una postura infantil e irresponsable, evita enfrentar lo que le provoca frustración y se repliega en su caparazón autodestructiva. Cuando se analiza la trayectoria de los adictos, aparecen elementos en común que indican la necesidad de un ‘bastón emocional’ que les permita andar por la vida», apunta Panisello.Lo que agrava el cuadro en el caso de la drogadicción –una de las adicciones más temidas y riesgosas–, es que el mismo objeto –la sustancia tóxica– es de por sí mismo adictivo, y eso refuerza el proceso.PSICOFÁRMACOSLa oferta de sustancias psicoactivas que, desde la química, proponen modificar el estado de ánimo y el comportamiento de las personas es cada vez más amplia. Entre las opciones legales, encontramos sedantes, estimulantes, ansiolíticos, tranquilizantes y antidepresivos. Y la venta se estos productos se ha disparado en Argentina y en el mundo, multiplicando los casos de «uso indebido». Tanto, que un estudio de la Secretaría para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha Contra el Narcotráfico (Sedronar) advirtió un fenómeno creciente de «medicalización de la vida cotidiana», una tendencia que estimula la automedicación y multiplica el riesgo de potenciales adictos.«Se están medicalizando mucho los problemas cotidianos y hasta la vida misma. Angustias y malestares que antes no pasaban de allí hoy se medican. Ante la mínima molestia, la respuesta inmediata es tomarse un psicofármaco», explica la socióloga Cecilia Arizaga, al frente del estudio de SEDRONAR. «El psicotrópico se ha banalizado: abandonó la categoría de medicamento para ser pensado y consumido como una pastilla para el estilo de vida, que proporciona al sujeto un alivio rápido a las condiciones de molestia y malestar que acarrea la vida actual en los diferentes ámbitos (laboral, social, afectivo)».Las estadísticas son elocuentes. Relevamientos de INDEC-Sedronar arrojan que más del 10% de las personas de entre 16 y 65 años, el 8% de los universitarios y el 4,4% de los estudiantes secundarios usan sedantes o estimulantes sin prescripción médica. «Es todavía más grave, porque esos datos hablan del consumo sin receta y hay muchos que, aún accediendo a los psicofármacos por indicación médica, los usan indebidamente. La cifra es aún mayor», asegura Diego Alvarez, director del Observatorio de Drogas de Sedronar. «Argentina es el único país latinoamericano en el que la primera droga, después del tabaco y el alcohol, no es la marihuana sino el psicotrópico», sorprende.Según los expertos, el fenómeno de «medicalización de la vida» está asociado a la subjetividad contemporánea actual. «Tiene que ver con el ideal de sujeto proactivo, obligado constantemente a mejorar su perfomance y a estar siempre a la altura de las circunstancias», explica Arizaga. «Es un signo de época: la presión por la autosuperación, la sensación de que siempre hace falta más. Se medicaliza para el superhéroe», advierte.TRATAMIENTOSNo existen adicciones fáciles. Para quienes tienen una dependencia física y/o psíquica, las dificultades para librarse de la adicción los agobian por igual. La mayoría se siente incapaz de interrumpir su adicción e incluso de espaciarla sin ayuda profesional. Por eso, la necesidad del tratamiento siempre se impone.El tratamiento de las adicciones es complejo por su intrincada multicausalidad y su indiscutible conexión con una sociedad de consumo inserta en una crisis de valores y, sobre todo, en una crisis de los «sentidos» que supieron sostener y alimentar muchas de las instituciones que contuvieron al individuo.Suele pasar que nadie convence a un adicto de la necesidad de un tratamiento hasta que la vivencia de una situación límite lo enfrenta con la realidad y le provoca el deseo de buscar ayuda (una enfermedad grave, la muerte de un ser querido, problemas laborales, despido laboral, violencia física hacia seres queridos, accidente automovilístico, sobredosis, «malos viajes», fracaso sentimental, problemas legales, etc.). Es decir, situaciones que lo hagan entrar en crisis y le hagan sentir la necesidad de cambiar. «hay situaciones límites naturales y situaciones límites provocadas –explica Panisello–. Estas últimas se refieren a la posibilidad de realizar acciones guiadas por un profesional especializado en la temática, para que la persona tenga la oportunidad de cambiar antes y evitar el deterioro a veces irreparable que se produce hasta que se da una situación límite natural. Se trata de estrategias que se pueden elaborar desde la familia, con la supervisión de un profesional, y que permitan al adicto tomar contacto con lo que le está pasando. Una vez que la persona toma conciencia de la necesidad de ayuda y acepta realizar un tratamiento, tendrá que pasar por la etapa de desintoxicación, deshabituación y finalmente la reinserción social».Actualmente, hay múltiples formas de abordar la problemática. Hay tratamientos basados en la abstinencia total y otros que apuntan a la «reducción de daños», que tiene por objetivo minimizar las consecuencias negativas del consumo. En general, el abrodaje que se recomienda –y el más exitoso– es multidisciplinario. Trabajan psicólogos, toxicólogos, psiquiatras y terapeutas. Cada vez se apunta menos a la internación, sobre todo si hay una familia que contenga. Y hay buenos tratamientos farmacológicos para manejar la abstinencia.Por estos días, la imagen de la droga como un camino sin retorno, que reinó durante años, está siendo cuestionada. Los nuevos abordajes respecto del uso y abuso de drogas cuestionan esta idea de destino trágico inexorable, entienden las recaídas como parte del proceso de recuperación y hasta reconocen la existencia de consumidores sociales o recreacionales, que no «quedan pegados» a la sustancia.«Es importante que se empiecen a revisar estas miradas catastróficas y estigmatizantes, porque no ayudan. La mayoría de los adictos que encaran un tratamiento vuelve a consumir en algún momento, pero eso no implica una recaída definitiva ni un fracaso, porque la conciencia del problema está instalada. El paciente admitió que tiene una dificultad y buscó ayuda: con esa actitud y ese ‘insight’ ya tiene la mitad de la solución. La recaída forman parte de la evolución lógica del tratamiento», dice Carlos Damín, jefe de Toxicología del Hospital Fernández.Los expertos en adicciones no hablan de «cura», prefieren la palabra «recuperación». Y aunque sigan sosteniendo que el adicto debe abandonar definitivamente ciertos hábitos y compañías para poder sostener su abstinencia, los nuevos abordajes cuestionan la idea (repetida) de que «el adicto es adicto para siempre». Esta etiqueta, dicen, lo estigmatiza socialmente y deteriora su autoestima al congelarlo en un rótulo que lo limita y silenciar las demás cualidades que tiene como persona.LLEGAR ANTESCarlos Souza subraya que, para prevenir, «lo importante no es enseñar a la familia a oler la ropa, a observar ojos colorados y pupilas dilatadas y a buscar sobrecitos de dudoso origen (aunque todo eso también sirva). La mejor prevención es poner el énfasis en la crianza y en el desarrollo global del individuo, anticiparnos al desarrollo de una personalidad adictiva brindando un contexto nutriente y contenedor, que es aquel que permite a la persona hacer un acopio de vivencias, recuerdos y situaciones ligadas a lo afectivo y a la salud». Estos «recursos», dice, «se construyen a partir de situaciones simples, cotidianas: estando juntos y compartiendo con los hijos los éxitos pero también las dudas y temores inherentes a cada etapa del desarrollo, en un ambiente de cooperación. La droga tiene menos posibilidades de entrar donde existen situaciones ligadas a lo vital».Cuando los adultos detectan en un joven una situación de consumo lo ideal es recurrir a un profesional, enfatiza Souza. «No sirve ‘apostar’ a promesas como ‘fue la única vez’ o ‘les prometo que nunca más volverá a suceder’. Hay que buscar ayuda».

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